Me levanté con ganas de abrazar al sol. Me levanté respirando el suave aroma de las flores de la primavera. Me levanté al sentir el primaveral sol en la cara, calentándola suavemente. No me molestaba en absoluto, es más, era de lo más agradable sentir algo de calor después de haber estado sumida en tanto frío y oscuridad. Me levanté de un lugar donde nunca jamás quería volver, donde tiembla de miedo el mismísimo diablo. Venía de más allá de las tinieblas, más allá de las sombras, más allá de la oscuridad más profunda y siniestra que jamás se haya visto. ¿Y cómo llegué allí? Es una larga historia, tan larga y oscura que si la contara estaríamos condenados todos a bajar allí abajo. Lo que sí puedo contar es quién me rescató. A decir verdad fue como en un cuento de hadas. Yo era la princesa mala en apuros y él, el típico caballero alto y rubio, galán y apuesto que jamás había visto. Me tendió de buena gana una escalinata desde la salida del agujero en el que me encontraba. Lo miré extrañada pues yo estaba condenada a pasar allí la eternidad, pero son toda mi humildad le sonreí y accedí a subir por la escalera de madera. Mientras subía me preguntaba quién me echaría de menos o quién me recibiría. Me recordé a mi misma que no lo haría nadie, pues estaban todos muertos. No sobrevivió ni MK, mi gato. Llegué al final y me recibió con una gran sonrisa en la cara.
- Sabía que podrías. Bienvenida de nuevo.
No tenía ni idea de quién era. No lo había visto en mi vida y ni tenía ganas de conocerlo. Ansiaba volver a sentirme libre y a volver a serlo. Quería empezar de nuevo.
- Emm... gracias. ¿Quién eres?
- Bueno...
- No, no lo digas no lo quiero saber. ¿Quién sabe que estoy viva?
- Nadie excepto yo.
- Bien, pues. ¿Eres mortal?
El chico se me quedó parado. No entendía el qué de la pregunta, así que lo insté a continuar.
- Em... sí. Soy humano.
- Perfecto entonces.
Saqué la daga del cinturón de cuero que llevaba en la cintura y la clavé en el pecho del joven. Siempre recordaré como su rostro se iba quedando poco a poco sin vida.
- ¿Por...qué...?
- Chaval, acabas de liberar a la Diosa del Mal. Descansa en paz.
Y sin más preámbulos le removí la daga para acabar con su corta vida.
Escondí el cuerpo e hice una pequeña lápida. Pues aunque estuviera loca de poder, sabía que el chico merecía algo después de muerto. Contra menos gente supiera de mi regreso, mejor. Luego ya me las apañaría en el infierno cuando me lo encontrara de nuevo. Después de una corta e insípida oración por el alma del muchacho, me levanté vacilante en busca y captura de mi cazador.