
Esta vez para ser realmente sincera, no tengo nada de lo que escribir. Sólo es que tengo unas terribles ganas de escribir lo que siento, y puesto que por la boca no me sale, lo haré por aquí. Ya podría poner yo mis secretos más íntimos en este blog, puesto que mucha gente no se pasa, pero bueno dejemos eso. Quiero explicar una historia. Todo es real, y si hay algo que se salga de eso, es pura confusión mía, nada más, no son ni ganas de llamar la atención o ganas de ser compadecida, no, ni hablar. Bastantes dolores de cabeza he dado ya, como para dar más. Bien, empecemos.
Todo apuntaba a que iba a ser una buena tarde. Empecé a vestirme a eso de las cuatro y media, puesto que me tenía que duchar y todo. A más a más, no pensaba que mi amiga fuese a llegar a la hora que habíamos quedado. Me tomé eso de la ducha con muchísima calma, por lo que salí demasiado tarde de ella. Tuve que vestirme corriendo, puesto que la hora de la quedada llegaba y yo aún no estaba ni vestida ni maquillada, por lo que tuve que darme bastante prisa. Sobre las cinco y media, mi amiga a la cual llamaremos Iris, me picó. Acto seguido me puse mis bambas y me embutí en mi chaqueta, cogí mi bolso con 2o € en efectivo en mi cartera, mi preciado móvil y las llaves, y corriendo como una posesa salí de mi casa despidiéndome con un alto ''Adiós''.
Bajé en el ascensor colocándome bien la chaqueta y retocándome un poco el pelo, que se me había alborotado un poco por las prisas, y llegué al portal de mi casa, donde Iris, me esperaba escuchando música de su Ipod. Nos saludamos como siempre hacíamos; los típicos dos besos en la mejilla, y haciendo la estúpida pregunta de: ''¿he tardado mucho?''
Después nos encaminamos tranquilamente hacia la calle principal de nuestro barrio. Iris, me dijo que más tarde, cuando tuviésemos lo que teníamos que comprar se nos acoplaría una amiga nuestra, a la cual llamaremos Amelia.
Caminamos, caminamos y buscamos como locas los regalos para el amigo invisible que íbamos a celebrar a la semana siguiente. Era sábado. No teníamos ni idea de lo que íbamos a comprarles, pero tampoco nos desanimábamos, íbamos mirando allí dónde había alguna sección de chico, allí donde era más barato, allí donde no había nada de color. Acabamos por ir a la tienda a la cual absolutamente todo el mundo ha entrado alguna vez.
Les compramos a cada uno unos bonitos y calentitos guantes. Los suyos eran completamente lisos y negros, y los míos eran de un color gris oscuro con unos detalles de gris un poco más claro que el del guante entero. Yo además de comprar el amigo invisible, aproveché para comprar lo que necesitaba para un pequeño pica-pica, que también haríamos la semana siguiente, junto compañeros de nuestra misma clase. Después de comprar todo lo que teníamos que comprar fuimos a picar a Amelia, que se nos unió a nosotras contenta y animada.
Subimos hasta mi casa para que pudiera dejar la bolsa donde guardaba todo lo que había comprado, por lo que no la necesitaba para nada.
Después de haberla dejado en mi casa, bajamos hasta la calle principal de nuestro pequeño y oscuro barrio, y allí Iris, empezó a pensar que regalar sólo un par de guantes quedaba muy pobre, por lo que Amelia dijo de comprar algo más, entonces entre las dos llegaron a la conclusión de comprar algo en alguna papelería. Había dos opciones, o bien volvernos a recorrer toda la calle principal, o bien caminar un poco más adelante e ir a una cercana papelería, cerca de una pequeña plaza con una gran fuente en el medio.
Decidimos ir a la que estaba más cerca, por lo que seguimos caminando. Cuando llegamos a la papelería, lo registramos todo hasta que dimos con unos bolígrafos desordenadamente colocados, pero que se veían a la perfección. No nos llamó la atención los bolígrafos, si no que el precio de ellos. Iris, cogió unos cuatro bolígrafos de todos los colores, negro, rojo, verde y azul. Yo simplemente compré los básicos, el negro y el azul.
Después de haber pagado a la dependienta lo que debíamos por los bolígrafos, salimos conversando alegremente de la pequeña y calentita tienda. Allí pudimos entrever a dos chicas que parecía que nos estuviesen esperando. Avanzamos alegremente hacia la calle principal cuando una de ellas nos preguntó la hora. Yo muy amablemente me retiré la manga de la chaqueta y miré la hora del reloj, se la dije y después ella dijo que tenía una compañera suya una pregunta que hacerme. Me dijo, si quería venir con ella a preguntárselo a su amiga, también me dijo que avisara a Iris y a Amelia por si querían venir también, yo le dije que no.
Me llevó hasta una callejuela y allí nos encontramos con tres chicas más, me empezó a empujar por la espalda para que las siguiera. Mientras sus amigotas iban charlando, gritando y petando algún que otro mechero. A causa del estrago, un vecino se asomó por la ventana preguntando qué pasaba, ellas le dijeron la verdad y el nervioso vecino volvió a esconderse en su casa. Mientras mi mente iba imaginando todo lo que esas chicas podrían, o querían hacer conmigo. Mi corazón tenía un ritmo casi frenético, parecía que en algún momento u otro se me saldría del pecho, el estómago se me había encogido casi como el tamaño de alguna pelota de tenis. Estaba temblando de los pies a la cabeza, y mi único pensamiento claro era el de salir corriendo, pero estaba demasiado aterrorizada como para hacerlo, por lo que seguí caminando.
Cuando llegamos en una esquina que había en aquel pequeño callejón, me empotraron bruscamente contra la pared, y me pidieron todas mis pertenencias. Mi móvil, todo mi dinero (que para entonces ya me había gastado lo mío) y también mis zapatos. Me opuse indiscutiblemente a quitarme los zapatos, por lo que les dio por arrancarme la chaqueta de cuajo. Una de ellas se quitó la que llevaba puesta, y debajo de la que se había quitado instaló la mía. Mientras otra registraba mi bolso, y mientras esa lo hacía una desgraciada con pelo liso, que le llegaba más o menos hasta el pecho, me estaba diciendo que no gritase. La verdad es que no se me había pasado por la cabeza, y ahora estaba a tiempo de hacerlo, podría gritar, y no hay duda de que alguien me oiría, pero también cabía la posibilidad de que me fallara la voz, y entonces se darían cuenta de lo que intentaba hacer, y eso acarrearía consecuencias violentas e innecesarias, por lo que cerré el pico, e hice lo que decían.
Después de haberme registrado a fondo el bolso, y de haber extraído mi cartera, me lo devolvieron. Luego, una de ellas, precisamente la que me había pedido la hora, me dijo que me sentara en el suelo, y que esperara a que alguna de ellas silvara o hiciera algún ruido para que me marchase, yo le dije, que no era necesario que me sentara en el suelo, pero ella me cogió por el hombro y me forzó a que doblara las piernas para agacharme. No quedó satisfecha con mi nueva postura, pero no estaba dispuesta a humillarme más por lo que hice caso omiso a su petición de que pusiera mi culo en el suelo. Lo dejó correr y empezaron a alejarse de mi posición. Cuando habían llegado casi al final de ese callejón, la misma chica silbó, por lo que empecé a caminar hacia lo que sería mi salvación, mi casa, mi hogar, y ahora mi refugio.
Me incorporé rápidamente y con las piernas y con todo el cuerpo tembloroso, empecé a caminar hacia mi casa. Salí del todo de aquel callejón, y ahora me encontraba con la plaza donde había aquella gran fuente en el medio. Me dije a mi misma que no lloraría hasta que estuviese a salvo, pero era imposible reprimir todas las lágrimas, por lo que dejé de luchar contra ellas, y dejé que salieran de mis ojos. La gente clavaba la mirada en mí, puesto que para el frío que hacía sólo llevaba una sudadera de color marrón y para colmo, estaba llorando. Yo pasé de las miradas indiscretas y continué caminando.
De vez en cuando iba diciendo algo en voz alta, para no volverme loca del todo, puesto que ahora toda persona con la que me cruzaba me parecía un peligro. Caminé tan rápido como mis temblorosas y fatigadas piernas me permitían. Caminé y caminé, hasta que llegué a mi portal. Me las apañé para poder sacar las llaves del bolso y poder abrir la puerta principal. Allí mi pánico fue a más, puesto que las paranoias de que viniesen a buscarme invadieron absolutamente toda mi mente, por lo que estuve desesperada a que el ascensor llegara allí donde le había picado. Me subí al ascensor, y el viaje fue más corto de lo que me podría haber imaginado jamás. Al entrar en mi casa rompí a llorar. Corrí hacia mi habitación y a causa de mi agitación mi hermana salió a ver lo que me pasaba, con un fuerte portazo cerré la puerta de mi cuarto y allí subí hacia mi cama, que fue donde me saqué a tirones toda la ropa, puesto que me sentía sucia y maltratada. Me quedé llorando en mi cama, hasta que conseguí calmarme como para bajar de ella y ponerme algo de ropa.
Llamé a mi mamá para que cancelara mi número y así que ellas no pudieran llamar a nadie, pero ya era demasiado tarde, ya habían llamado a más de una persona.
Después de haber llamado a mi madre, volví a encerrarme en mi cuarto, allí me senté en el suelo, y comencé a llorar, a gritar, y a dar golpes. Me rodeé entera con las dos sillas, de modo que poco se me veía.
Más tarde, apareció mi padre que me preguntó que me pasaba, yo entre sollozos intenté decírselo, pero la rabia y la impotencia hacían que sólo me salieran gritos y lágrimas, por lo que lo dejé correr, y volví a esconderme detrás de las dos sillas. Para cuando estaba yo un poco más tranquila sonó el teléfono. Lo cogió papá, e empezó amenazando a la otra persona, por lo que yo misma averigüe de quién se trataba, eso sólo sirvió para que yo volviera a gritar, a llorar y a dar golpes. Cuando colgó, el interfono sonó, y volví con las paranoias, pensaba que habían venido a por mí, por lo que volví a gritar, y a dar golpes a estremecerme y a intentar esconder completamente mi cuerpo detrás de las dos sillas. Papá, al oír tanto grito, vino y me dijo quién era quién había picado realmente, eran Ian y Mike, y me preguntaba si quería que pasasen, después sonó el timbre de mi casa y volví a gritar, para después ver como Mike se me acercaba lentamente hasta donde yo estaba. Puso una cara de desconcierto, como si estuviera alucinando de como estaba. Supuse que eran mis pintas. Se agachó hasta donde yo estaba e intentó tocarme, yo automáticamente me aparté y eso hizo que retrocediera. Después de que Mike, se apartara se me acercó Ian, que estaba muy nervioso, se agachó y llorando me dio un abrazo. También quería apartarme, pero no me había dado tiempo.
Mi mente todavía no había procesado lo que había ocurrido hasta ahora, por lo que me aparté e intenté pensar algo claramente. Ian, se apartó y se sentó, Mike, se fue puesto que tenía que avisar a mucha gente de que estaba bien, ya que yo había entendido que me estaban buscando, o algo por el estilo.
Mientras, Ian intentaba distraerme, me contaba cosas, hacía un poco el tonto e incluso bailoteaba. Yo no tenía ganas de reírme, pero lo intenté más que nada por educación y todo ese rollo. Intentó preguntarme algo sobre lo que me había pasado aquella tarde, y me puse frenética, volví con los gritos, y con los estremecimientos, golpeé en varias ocasiones el cristal, y pateé el suelo tanto como pude y pegué puñetazos a la cortina, no es que esté orgullosa de ello, pero tampoco es que lo pudiera evitar.
Después volvieron a llamar a mi papá, por lo que volví a tener ese ataque de nervios. Más tarde, fuimos a la comisaría, allí nos pasamos casi dos horas, nos metimos en el coche, dejamos a Ian, que me había acompañado en todo momento sin protesta alguna, en su casa, y volvimos a la nuestra. Cenamos y después me acosté. Recuerdo, que aquella noche apenas dormí algunas horas, ya que estaba tan nerviosa que no conseguía hacer que los latidos de mi corazón cesasen. Aquella noche, fue la peor noche de todas... sin lugar a dudas, es más, aquel día fue el peor día de mi vida, que desgraciadamente para mí, para Iris, y Amelia, recordaremos toda la vida...






