dimecres, de desembre 30, 2009




Esta vez para ser realmente sincera, no tengo nada de lo que escribir. Sólo es que tengo unas terribles ganas de escribir lo que siento, y puesto que por la boca no me sale, lo haré por aquí. Ya podría poner yo mis secretos más íntimos en este blog, puesto que mucha gente no se pasa, pero bueno dejemos eso. Quiero explicar una historia. Todo es real, y si hay algo que se salga de eso, es pura confusión mía, nada más, no son ni ganas de llamar la atención o ganas de ser compadecida, no, ni hablar. Bastantes dolores de cabeza he dado ya, como para dar más. Bien, empecemos.

Todo apuntaba a que iba a ser una buena tarde. Empecé a vestirme a eso de las cuatro y media, puesto que me tenía que duchar y todo. A más a más, no pensaba que mi amiga fuese a llegar a la hora que habíamos quedado. Me tomé eso de la ducha con muchísima calma, por lo que salí demasiado tarde de ella. Tuve que vestirme corriendo, puesto que la hora de la quedada llegaba y yo aún no estaba ni vestida ni maquillada, por lo que tuve que darme bastante prisa. Sobre las cinco y media, mi amiga a la cual llamaremos Iris, me picó. Acto seguido me puse mis bambas y me embutí en mi chaqueta, cogí mi bolso con 2o € en efectivo en mi cartera, mi preciado móvil y las llaves, y corriendo como una posesa salí de mi casa despidiéndome con un alto ''Adiós''.

Bajé en el ascensor colocándome bien la chaqueta y retocándome un poco el pelo, que se me había alborotado un poco por las prisas, y llegué al portal de mi casa, donde Iris, me esperaba escuchando música de su Ipod. Nos saludamos como siempre hacíamos; los típicos dos besos en la mejilla, y haciendo la estúpida pregunta de: ''¿he tardado mucho?''

Después nos encaminamos tranquilamente hacia la calle principal de nuestro barrio. Iris, me dijo que más tarde, cuando tuviésemos lo que teníamos que comprar se nos acoplaría una amiga nuestra, a la cual llamaremos Amelia.

Caminamos, caminamos y buscamos como locas los regalos para el amigo invisible que íbamos a celebrar a la semana siguiente. Era sábado. No teníamos ni idea de lo que íbamos a comprarles, pero tampoco nos desanimábamos, íbamos mirando allí dónde había alguna sección de chico, allí donde era más barato, allí donde no había nada de color. Acabamos por ir a la tienda a la cual absolutamente todo el mundo ha entrado alguna vez.

Les compramos a cada uno unos bonitos y calentitos guantes. Los suyos eran completamente lisos y negros, y los míos eran de un color gris oscuro con unos detalles de gris un poco más claro que el del guante entero. Yo además de comprar el amigo invisible, aproveché para comprar lo que necesitaba para un pequeño pica-pica, que también haríamos la semana siguiente, junto compañeros de nuestra misma clase. Después de comprar todo lo que teníamos que comprar fuimos a picar a Amelia, que se nos unió a nosotras contenta y animada.

Subimos hasta mi casa para que pudiera dejar la bolsa donde guardaba todo lo que había comprado, por lo que no la necesitaba para nada.

Después de haberla dejado en mi casa, bajamos hasta la calle principal de nuestro pequeño y oscuro barrio, y allí Iris, empezó a pensar que regalar sólo un par de guantes quedaba muy pobre, por lo que Amelia dijo de comprar algo más, entonces entre las dos llegaron a la conclusión de comprar algo en alguna papelería. Había dos opciones, o bien volvernos a recorrer toda la calle principal, o bien caminar un poco más adelante e ir a una cercana papelería, cerca de una pequeña plaza con una gran fuente en el medio.

Decidimos ir a la que estaba más cerca, por lo que seguimos caminando. Cuando llegamos a la papelería, lo registramos todo hasta que dimos con unos bolígrafos desordenadamente colocados, pero que se veían a la perfección. No nos llamó la atención los bolígrafos, si no que el precio de ellos. Iris, cogió unos cuatro bolígrafos de todos los colores, negro, rojo, verde y azul. Yo simplemente compré los básicos, el negro y el azul.

Después de haber pagado a la dependienta lo que debíamos por los bolígrafos, salimos conversando alegremente de la pequeña y calentita tienda. Allí pudimos entrever a dos chicas que parecía que nos estuviesen esperando. Avanzamos alegremente hacia la calle principal cuando una de ellas nos preguntó la hora. Yo muy amablemente me retiré la manga de la chaqueta y miré la hora del reloj, se la dije y después ella dijo que tenía una compañera suya una pregunta que hacerme. Me dijo, si quería venir con ella a preguntárselo a su amiga, también me dijo que avisara a Iris y a Amelia por si querían venir también, yo le dije que no.

Me llevó hasta una callejuela y allí nos encontramos con tres chicas más, me empezó a empujar por la espalda para que las siguiera. Mientras sus amigotas iban charlando, gritando y petando algún que otro mechero. A causa del estrago, un vecino se asomó por la ventana preguntando qué pasaba, ellas le dijeron la verdad y el nervioso vecino volvió a esconderse en su casa. Mientras mi mente iba imaginando todo lo que esas chicas podrían, o querían hacer conmigo. Mi corazón tenía un ritmo casi frenético, parecía que en algún momento u otro se me saldría del pecho, el estómago se me había encogido casi como el tamaño de alguna pelota de tenis. Estaba temblando de los pies a la cabeza, y mi único pensamiento claro era el de salir corriendo, pero estaba demasiado aterrorizada como para hacerlo, por lo que seguí caminando.

Cuando llegamos en una esquina que había en aquel pequeño callejón, me empotraron bruscamente contra la pared, y me pidieron todas mis pertenencias. Mi móvil, todo mi dinero (que para entonces ya me había gastado lo mío) y también mis zapatos. Me opuse indiscutiblemente a quitarme los zapatos, por lo que les dio por arrancarme la chaqueta de cuajo. Una de ellas se quitó la que llevaba puesta, y debajo de la que se había quitado instaló la mía. Mientras otra registraba mi bolso, y mientras esa lo hacía una desgraciada con pelo liso, que le llegaba más o menos hasta el pecho, me estaba diciendo que no gritase. La verdad es que no se me había pasado por la cabeza, y ahora estaba a tiempo de hacerlo, podría gritar, y no hay duda de que alguien me oiría, pero también cabía la posibilidad de que me fallara la voz, y entonces se darían cuenta de lo que intentaba hacer, y eso acarrearía consecuencias violentas e innecesarias, por lo que cerré el pico, e hice lo que decían.

Después de haberme registrado a fondo el bolso, y de haber extraído mi cartera, me lo devolvieron. Luego, una de ellas, precisamente la que me había pedido la hora, me dijo que me sentara en el suelo, y que esperara a que alguna de ellas silvara o hiciera algún ruido para que me marchase, yo le dije, que no era necesario que me sentara en el suelo, pero ella me cogió por el hombro y me forzó a que doblara las piernas para agacharme. No quedó satisfecha con mi nueva postura, pero no estaba dispuesta a humillarme más por lo que hice caso omiso a su petición de que pusiera mi culo en el suelo. Lo dejó correr y empezaron a alejarse de mi posición. Cuando habían llegado casi al final de ese callejón, la misma chica silbó, por lo que empecé a caminar hacia lo que sería mi salvación, mi casa, mi hogar, y ahora mi refugio.

Me incorporé rápidamente y con las piernas y con todo el cuerpo tembloroso, empecé a caminar hacia mi casa. Salí del todo de aquel callejón, y ahora me encontraba con la plaza donde había aquella gran fuente en el medio. Me dije a mi misma que no lloraría hasta que estuviese a salvo, pero era imposible reprimir todas las lágrimas, por lo que dejé de luchar contra ellas, y dejé que salieran de mis ojos. La gente clavaba la mirada en mí, puesto que para el frío que hacía sólo llevaba una sudadera de color marrón y para colmo, estaba llorando. Yo pasé de las miradas indiscretas y continué caminando.

De vez en cuando iba diciendo algo en voz alta, para no volverme loca del todo, puesto que ahora toda persona con la que me cruzaba me parecía un peligro. Caminé tan rápido como mis temblorosas y fatigadas piernas me permitían. Caminé y caminé, hasta que llegué a mi portal. Me las apañé para poder sacar las llaves del bolso y poder abrir la puerta principal. Allí mi pánico fue a más, puesto que las paranoias de que viniesen a buscarme invadieron absolutamente toda mi mente, por lo que estuve desesperada a que el ascensor llegara allí donde le había picado. Me subí al ascensor, y el viaje fue más corto de lo que me podría haber imaginado jamás. Al entrar en mi casa rompí a llorar. Corrí hacia mi habitación y a causa de mi agitación mi hermana salió a ver lo que me pasaba, con un fuerte portazo cerré la puerta de mi cuarto y allí subí hacia mi cama, que fue donde me saqué a tirones toda la ropa, puesto que me sentía sucia y maltratada. Me quedé llorando en mi cama, hasta que conseguí calmarme como para bajar de ella y ponerme algo de ropa.

Llamé a mi mamá para que cancelara mi número y así que ellas no pudieran llamar a nadie, pero ya era demasiado tarde, ya habían llamado a más de una persona.

Después de haber llamado a mi madre, volví a encerrarme en mi cuarto, allí me senté en el suelo, y comencé a llorar, a gritar, y a dar golpes. Me rodeé entera con las dos sillas, de modo que poco se me veía.

Más tarde, apareció mi padre que me preguntó que me pasaba, yo entre sollozos intenté decírselo, pero la rabia y la impotencia hacían que sólo me salieran gritos y lágrimas, por lo que lo dejé correr, y volví a esconderme detrás de las dos sillas. Para cuando estaba yo un poco más tranquila sonó el teléfono. Lo cogió papá, e empezó amenazando a la otra persona, por lo que yo misma averigüe de quién se trataba, eso sólo sirvió para que yo volviera a gritar, a llorar y a dar golpes. Cuando colgó, el interfono sonó, y volví con las paranoias, pensaba que habían venido a por mí, por lo que volví a gritar, y a dar golpes a estremecerme y a intentar esconder completamente mi cuerpo detrás de las dos sillas. Papá, al oír tanto grito, vino y me dijo quién era quién había picado realmente, eran Ian y Mike, y me preguntaba si quería que pasasen, después sonó el timbre de mi casa y volví a gritar, para después ver como Mike se me acercaba lentamente hasta donde yo estaba. Puso una cara de desconcierto, como si estuviera alucinando de como estaba. Supuse que eran mis pintas. Se agachó hasta donde yo estaba e intentó tocarme, yo automáticamente me aparté y eso hizo que retrocediera. Después de que Mike, se apartara se me acercó Ian, que estaba muy nervioso, se agachó y llorando me dio un abrazo. También quería apartarme, pero no me había dado tiempo.

Mi mente todavía no había procesado lo que había ocurrido hasta ahora, por lo que me aparté e intenté pensar algo claramente. Ian, se apartó y se sentó, Mike, se fue puesto que tenía que avisar a mucha gente de que estaba bien, ya que yo había entendido que me estaban buscando, o algo por el estilo.

Mientras, Ian intentaba distraerme, me contaba cosas, hacía un poco el tonto e incluso bailoteaba. Yo no tenía ganas de reírme, pero lo intenté más que nada por educación y todo ese rollo. Intentó preguntarme algo sobre lo que me había pasado aquella tarde, y me puse frenética, volví con los gritos, y con los estremecimientos, golpeé en varias ocasiones el cristal, y pateé el suelo tanto como pude y pegué puñetazos a la cortina, no es que esté orgullosa de ello, pero tampoco es que lo pudiera evitar.

Después volvieron a llamar a mi papá, por lo que volví a tener ese ataque de nervios. Más tarde, fuimos a la comisaría, allí nos pasamos casi dos horas, nos metimos en el coche, dejamos a Ian, que me había acompañado en todo momento sin protesta alguna, en su casa, y volvimos a la nuestra. Cenamos y después me acosté. Recuerdo, que aquella noche apenas dormí algunas horas, ya que estaba tan nerviosa que no conseguía hacer que los latidos de mi corazón cesasen. Aquella noche, fue la peor noche de todas... sin lugar a dudas, es más, aquel día fue el peor día de mi vida, que desgraciadamente para mí, para Iris, y Amelia, recordaremos toda la vida...

diumenge, de desembre 27, 2009

S T A R L I G H T .

dijous, de desembre 24, 2009


Tenía que estudiar, pero no tenía tampoco muchas ganas, por lo que se puso a escuchar música, pensando. Pensó en cómo era. La verdad, su apariencia decía que era una chica muy dura y orgullosa. Parecía que tuviese la autoestima propia de una modelo, o de alguna famosa. Parecía que lo controlaba todo y que sabía salir de cualquier conflicto que se le plantara delante de sus narices, aparentaba incluso todo, más que su propia edad. Parecía que fuese muy madura y que fuera bastante creída. Se vestía como nadie. Tenía su propio estilo, vestía a su manera moderna e informal. Se maquillaba poco, lo justo, no le gustaba aparentar que tenía más que su edad. A decir verdad era bastante guapa. Tenía un pelo castaño muy bonito. En el verano cogía tímidos reflejos rubios, apenas de distinguían, pero allí estaban. Tenía el pelo ondulado. Los rizos de su cabello, parecía que se los hubiese hecho con una plancha, pero en realidad era su cabello natural. Esos rizos, parecidos a los de la ‘Bella Durmiente’ como decía su mamá, eran naturales, como ella misma. Debajo de ese pelo, debajo de ese escaso maquillaje y debajo de esa ropa sencilla, se encontraba una chica bastante tímida. Aparentaba mucho más de lo que era, sin embargo había días en los que encajaba a la perfección con su imagen. Para no engañarnos, esa chica era bastante rara. Tenía un carácter especial. Podía estar contenta y de un humor magnífico a estar tan cabreada, como para contestar mal a sus mejores amigos y familiares. Esa chica, por dentro, era un trozo de pan, y aunque parecía que tuviese mucho morro, que fuese ‘muy echada para adelante’ no lo era. Era bastante tímida y cortada. Una cobarde. No se atrevía ni hablar con el único chico al que ella había amado de verdad, al que, aún amaba como nada en el mundo. No se atrevía a mirarlo a la cara, porque sentía vergüenza, porque creía que no merecía mirar ese rostro, porque pensaba que la odiaba. Todo y eso lo hacía. Sin que él se diera cuenta, ella lo miraba tanto como podía, hasta que su vergüenza la hacía girar la cara, hasta que su vergüenza la hacía esconderse detrás de algún amigo que estuviese cerca. Daba tanta pena… era tan penosa… Simplemente intentaba aparentar, con su aspecto, alguien que no era, alguien que no se parecía nada a ella, y eso… podía con ella. Es más, había acabado con ella más de una vez. ¿Cómo? Cayéndosele toda la culpa encima, todas las penas y malos pensamientos, cayéndosele toda la vergüenza y humillación. Se daba asco a ella misma, y aunque aparentase que estaba bien, que no le pasaba nada, por dentro estaba hecha una completa mierda. Estaba rota y dividida, estaba herida y se sentía tonta, muy tonta.

dimarts, de desembre 22, 2009

C a p r e N o c t e m .

diumenge, de desembre 20, 2009




Te perseguiré. Te torturaré. Mataré tus ganas de vivir. Haré que tengas miedo a la calle. Haré que llores. Haré que grites. Haré que te estremezcas. Haré que tengas pesadillas. Te arrancaré la cabeza, los dedos, los pies, los brazos, la nariz, tu asqueroso pelo, tus ojos, tus uñas, tus pulmones y tu sucio corazón, haré que recuerdes mi nombre de por vida, y te mataré.

divendres, de desembre 18, 2009

Cada uno vive como puede.


Puesto que no tengo nada interesante que colgar en el blog, e pensado que podría escribir un poco así al azar, haber lo que sale. Como tengo unas ganas terribles de escribir, voy ha hacerlo así un poco difícil de entender, pero bueno...

El día de hoy a sido realmente malo. Me da la sensación de que mi mejor amiga, Rebeca, se aparta cada vez más. Es como si se hubiera cansado de mí. Llevamos siendo amigas desde P3, y la verdad es que no quiero perderla por nada del mundo, puesto que ya es como una hermana para mí. Creo que se aleja de mí por mi problema. No lo sé... Pero cada vez me gusta más estar sola. Cada vez me gusta más el poder pensar sin que nadie me estorbe. Al mejor son típicas paranoias, pero es que es lo que siento. Como si ya no se lo pasara igual que bien conmigo que con otras. Es como si estuviera aburrida de mí, como si se hubiera cansado de mí, como si se hubiera cansado de que estuviera medio muerta, de que no respondiera, de que nunca diera porqués...

O simplemente es que e enloquecido. Poco a poco, me voy preocupando más por la comida, no sé... siento que me pesa dentro de mi estómago, siento que me sobra de allí dentro. Incluso e llegado a pensar en echarlo todo para no sentirme así... Me molesta muchísimo que mis amigas digan algo referido a la ''figura perfecta'', no me gusta, me dan ganas de correr y de perderme por ahí durante un largo tiempo. Me molesta tantísimo...
Me siento observada por la calle, simplemente porque no estoy contenta con mi propio cuerpo.

Yo creo que un cuerpo es una casa. Es allí donde puedes hacer de todo. También puedes hacer de todo con él, o simplemente bañarte en tus recuerdos tumbado en la cama preparándote para dormir.
Hablando de sueños... últimamente sólo sueño con muertes. No sé porqué... al mejor es por que aquí, en el edificio en el cual vivo desde hace más de once años, han habido unas tres muertes en un mes, y dado que aquí no estamos muy acostumbrados a este tema de la muerte y esas cosas... pues nos choca bastante. No me parece bien que se le acabe la vida a alguien... no sé.... a no ser que aquella persona no tenga ningún motivo por el cual vivir. Como mi amiga Mina. Está amenazada en el instituto además de sufrir crisis nerviosas. La amenazan con darle una buena paliza, a más a más tiene a toda nuestra clase en su contra. La quiero muchísimo, y la verdad es que lo daría todo por ella si no fuera por que a mí también me a hecho de las suyas... y no es precisamente una tontería...
No sé el porqué escribo esto... nunca lo leerá alguien, pero bueno... por lo menos a servido para relajarme un pelín, y para desconectar un poco de la rutina y alejarme de este asqueroso mundo.

dimarts, de desembre 15, 2009

No le quedaba mucho. Aquella chica sabía de sobras qual iba a ser su destino, pero como casi todo el mundo, ella se empeñaba en esquivarlo, en eludirlo, hasta que, como siempre, se le estampó en su propia cara. Muchos de nosotros hacemos lo mismo que ella. Esquivamos exitosamente un problema, pero luego, más tarde, espués de haber sido felices esquivándolo la verdad y el problema se estampan violentamente en tu cara, destrozándote toda la vida que habías creado a partir de eludir el problema. Lo pierdes todo; tus amigos, tus familiares, tus cosas... todo.

María, no pensaba que le pasaría eso. Ella era larga como ninguna, y muy hechada para adelante. Era de lo más espavilada y muy lista. Tenía mucho tacto, por eso era tan sensible. A la mínima que le decías algo, o que había algo que no le cuadraba o bien se hechaba a llorar o se ponía a gritar como una loca. María, tenía serios problemas en casa, eso hacía también que tubiera ese carácter tan suyo, tan especial. Nunca sabías por donde cojerla, ni sabías si iba a estar de buen o mal humor. Personalmente, para mí, María era una de las personas más difíciles de tratar de todas las que conocía.

Ella, a la vez, era un poco reservada. No hablaba mucho, pero cuando se ponía ha ayudarte lo daba todo. Es más, lo dió casi todo por mí, para luego clavarme la puñalada más dolorosa que me han clabado nunca. Quizás, cuando lo escriba deje de tener tanta importancia, por que para ser sincera, mucha importancia tampoco tiene. Es más el dolor que e sentido. La humillación. El no poder hacer nada. La maldita impotencia.

Se lo contaba todo, absolutamente todo, para que después ella me hiciera eso. ¿Qué hizo? Pedirle a la persona equivocada algo equivocado y absurdo.

Eso me a hecho canviar. Ahora ya no le cuento casi nada, todo y que es más o menos mi mejor amiga...

Y es que no hay nada que toque más la moral, que el no poder confiar ni en las personas que nos rodean día a día. Una se siente muy incómoda...

diumenge, de desembre 13, 2009


Le gustaba dar paseos nocturnos. Le gustaba salir a pasear a su perro pasadas las dos de la mañana. Le gustaba simplemente por la paz que encontraba en las heladas calles de su pequeña ciudad. Ni por asomo había llegado a imaginarse que esa noche acabaría como acabó, ya que para ella, había sido el mejor día de su vida…

Llegó a casa a eso de las siete de la tarde, y automáticamente se sentó en su escritorio a acabar todos los deberes que tenía que entregar al día siguiente. Le dedicó a eso más o menos dos horas enteras. A las nueve se preparó su típico plato de espaguetis de mamá recalentados en el micro, se los comió sin pensar que llevaban en la nevera más de una semana. La comida le sentó bien, todo y que se notaba que estaba un poco pasada, sin embargo se la comió sin poner caras raras, ni teniendo arcadas o algo por el estilo. Entre que recogía la mesa y le ponía la comida en el bol a su perra Rlene, la aguja grande del reloj llegó a las diez. Esa hora era su preferida para ponerse a leer o a escribir, en resumen, ha hacer alguna actividad que le despejara la mente, que la alejara un poco de su aburrida vida y de este mundo tan cruel. Cuando acabó de leerse dos capítulos enteros de “El secreto”, se puso su típico chándal para salir a caminar. Rlene tenía tantas ganas como ella de dar su típico paseo de madrugada. Lo llevaban haciendo tantos años, que ya se había habituado a la perfección a sus horarios nocturnos. Se puso tantas capas de ropa como la sudadera le permitía, cogió las llaves, y con cinco capas entre sudaderas y camisetas, salió a la calle.

Vivía en un piso, bastante céntrico, con su querida perra Rlene. Llevaban viviendo juntas desde hacía poco más de tres años. Se fue de casa de sus padres cuando tenía apenas veintiún años, porque quería estudiar en una facultad lejos de su pueblo. Se mudó a la ciudad hace ya tres años, y los añoraba muchísimo. Los ve todas las navidades, todo y eso… los hecha mucho en falta.

Traspasó la gran puerta que daba acceso a la fría calle, y se estremeció cuando el helado viento le golpeó violentamente la cara, le pareció ver como Rlene, retrocedía un poco, pero poco después se volvió hacia delante, guiando sus pasos. Como le tenía mucha confianza la llevaba sin correa, puesto que ella sabía cómo volver a casa, era una perra muy lista. Puso su pie tímidamente fuera de la puerta, y salieron. Rlene, como siempre, se puso delante de suya, y empezó a caminar alegremente por las heladas calles. Aquí, si nevaba, nunca cuajaba la nieve, puesto que estábamos casi a la altura del mar.

Siguieron paseando durante unas dos horas, por lo que ahora ya eran más de las doce pasadas. No le incomodaba no ver a nadie por la calle, es más, le gustaba mucho más así. Cuando había mucha gente en la calle, se sentía tan pequeña y tan miserable… Por eso paseaba de madrugada cuando no había nadie. Bueno, casi…

Llegaron a la calle del parque. Éste daba miedo de verdad, puesto que los árboles estaban demasiado juntos como para que se colara algún rayo de luz de farolas cercanas que tenía. Rlene, intentó guiarla hacia el oscuro parque, pero al ver que se resistía dejó de intentarlo y continuó caminando por la calle cercana al terrorífico parque. Seguía absorta en sus pensamientos. Estaba pensando en los deberes que había hecho, en los trabajos que todavía le faltaban por entregar y por hacer. Pero poco se preocupaba por ello, puesto que disponía de todo el tiempo del mundo, ya que no hacía otra actividad física que no fueran esos paseos matutinos.

La calle estaba realmente desierta, como ella esperaba. Aquella noche, había como un ambiente sobrecargado. Había mucha niebla, y pondría la mano en el fuego a que apenas llegábamos a los cuatro grados centígrados. Evidentemente Rlene no notó nada de eso, claro que no, era una perra. Continuaba caminando, pensando en la espesa niebla que se había levantado, cuando vislumbró una pequeña sombra negra.

diumenge, de desembre 06, 2009



Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Como si lo estuviera viviendo día a día. Aquella tarde, estaba más desesperada que nunca en verle. Me arrastraba por toda mi casa, maldiciendo todas las tonterías que dije en varias ocasiones. Maldiciendo mi cabeza y mi boca. En un acto de desesperación por volver a oír su voz, me quité toda la ropa, y me fui al balcón. Allí la temperatura era bien baja. Estábamos en noviembre, y el invierno había más que entrado en nuestra querida ciudad. Me senté en el bordillo de mi pequeño balcón, y me convertí en una bola. Me acurruqué en mis piernas, y me dispuse a esperar. Un cuarto de hora después, no podía aguantar más. No es que tuviera frío, o que me hubiera cansado, me había hartado de esperar a oír su voz. Esperé media hora más, y sin resultado alguno volví a meterme dentro de la casa. Allí no me tapé ni nada, seguía en ropa interior. Me fui al cuarto de baño y abrí el grifo de la bañera. Lo puse a toda pastilla, para que saliera una gran cantidad de agua y así llenarla más rápidamente. Cuando el agua había cubierto casi toda la superficie de la bañera me metí en ella, me senté y aguardé que el agua me llegara hasta el pecho. Mientras esperaba a que el agua me cubriera a mí y a toda mi vergüenza estuve pensando, en lo contenta que iba a estar después de haberme bañado. Le abría visto, seguramente de muy cerca, y eso… aunque fuese el último recuerdo que tuviese, me valía. El agua llegó al nivel esperado, y metí la cabeza hasta quedar completamente cubierta por el agua. No puedo negar que hacía un frío que helaba los huesos, pero, era tanta la desesperación, era tanta la locura que me embargaba que poco me preocupaba por ello. Estaba tiritando, tenía frío, y me podía apostar mi mano (si es que aún la tenía pegada al cuerpo), que mi cuerpo había bajado más de cinco grados esa misma tarde. Cerré los ojos, porque lo único que veía era el blanco techo del cual estaba hecho mi baño. Además, las pequeñas luces cuidadosamente instaladas, me molestaban. Es muy difícil mirar desde debajo del agua, sí te están iluminando lucecillas desde fuera de esta. Al cerrar los ojos me sentí increíblemente mejor. Estaba en un mundo paralelo al de la bañera y al del agua congelada. Estaba la mar de calentita. Estaba en un salón. El salón estaba pintado con un color crema. Era un color muy bonito. En la izquierda de la habitación, justo delante de la puerta, había una ventana. Debajo de la ventana había un escritorio con un ordenador instalado. A la siguiente pared de la de la ventana, es decir, mirando hacia la izquierda, había una televisión. Estaba rodeada de libros, y éstos estaban cuidadosamente ordenados en una simple estantería de madera clara. Después de aquella pared cubierta de libros, se hallaba la puerta junto con un armario corredero. Tenías que correr la puerta para ver el interior. Y por último. A la izquierda del armario, había un pequeño sofá. Estaba protegido por una tela de color amarilla, que pegaba perfectamente con el color de las paredes. Con dos cojines a cada lado de éste. Cuando me di cuenta de dónde estaba me sobresalté. Era su salón. Me hallaba en su salón. Estábamos sentados en el sofá amarillo. Y… me encontraba tan calentita, porque estaba rodeada de sus brazos. Me había acunado a la perfección en su pecho, y había apoyado su mentón en mi cabeza, por lo que notaba cada vez que cogía aire y lo soltaba. Entonces, cuando estaba la mar de cómoda ante ese precioso recuerdo, algo me sacó bruscamente del agua. Me di cuenta de que estaba fuera del agua porque sentí que el aire frío golpeaba mi helada piel. Entonces, me percaté de quién había sido el que me había sacado del agua. Parecía casi un ángel, son esos ojos azul mar, con ese pelo rubio alborotado por el viento. Parecía un angelito sacándome del agua. Me enrolló con una toalla, se sentó en el váter, y me colocó justo encima de él. Antes de eso, encendió una pequeña estufa que había instalada encima de la puerta. No sé qué se suponía que pintaba él en mi casa, pero tampoco estaba como para preguntármelo, por lo que lo pasé por alto, y me acurruqué en su pecho. Estaba helada. Tiritaba de puro frío, pero a la vez me sentía cómoda y calentita. Él, me abrazaba con fuerza, casi parecía que le dase igual que estuviese mojada, y muy fría. Esta vez no cerré los ojos, puesto que tenía miedo que desapareciera, que volviera a irse como lo hizo la última vez. Cuando empecé a recobrar mis sentidos, me percaté de que él estaba cantando y llorando a la vez. No era feliz. No estaba feliz. Entonces, de repente, como si me hubiese oído los pensamientos dijo: ‘sí, soy más feliz que nunca, estás bien’. Y como si estuviese escrito, me abrazó todavía con más fuerza. Por lo menos ahora sabía que no estaba triste, ahora según él era feliz. Y yo también. Y allí nos quedamos, llorando, por fortuna esta vez no lloraba su ausencia, o por desesperación, esta vez lloraba porque era asquerosamente feliz de estar allí, mojada, sentada en un váter, abrazada por la persona a la que más he amado, y que más amaré en mi vida.




...

dissabte, de desembre 05, 2009




Estaba despeinada. Estaba que daba pena. El maquillaje hacía ya tiempo que se había desplazado de dónde se suponía que debía estar, pero no me importaba lo más mínimo. No estaba peinada de la forma en que había deseado estarlo para aquella ocasión, todo y eso, pasé de mi pelo y me encaminé allí dónde tenía que estar. Me había picado minutos atrás y estaría nervioso por mi largo retraso, injustificado, porqué tendría que haber bajado hacía ya más de cinco minutos. No tenía los ánimos suficientes para decirle que no podía, que estaba temblando y que deseaba que se marchara, que me dejara con mis penas y con mis estúpidas mariposas paseándose a su antojo por mi pequeño estómago. Por lo que bajé. No me lo pensé mucho y actué sin la cabeza. Movida por el impulso de verle, me embutí en mi sudadera negra, cogí el móvil, las llaves y me encaminé rápidamente hacia la puerta del ascensor. La abrí lentamente, puesto que tenía sólo una mano para hacerlo, porque tenía la otra rota, abierta. Entré en el pequeño ascensor, y piqué al piso de abajo. Allí me estaría esperando sentado dónde se suponía que tenía que estar. Cuando llegué me temblaban tanto las piernas, que apenas podía moverme, apenas podía caminar. Conseguí dar un paso, al tiempo que abría la pesada puerta del ascensor, y salí de allí. Al salir, giré poco a poco la cara y le vi. Su rubio pelo despeinado era inconfundible a lo alto de esa enorme chaqueta negra. La llevaba desabrochada, como siempre, y estaba en pie, como si estuviese demasiado nervioso como para sentarse. Me vio, sonrió y salimos, después de que mis patéticas indicaciones le dieran a entender que salgamos fuera. Una vez estuvimos en la calle, casi parecía que huía de alguna cosa, me puse casi a correr, estaba ansiosa por girar a la izquierda en cualquier calle que viésemos y perder de vista mi portal. Una vez perdido de vista, nos dimos de la mano, y empezamos a caminar sin rumbo fijo. La verdad es que ni yo misma sabía dónde quería ir, sólo sabía que quería alejarme de mi casa, quería quedarme aislada de ella, por poco tiempo que fuese, necesitaba de una forma desesperada salir de esas cuatro paredes, en las cuales me encerraba todas las tardes, por culpa de mi desafortunada lesión. Estábamos caminando tranquilamente, parloteando sobre temas de los cuales no recuerdo ni la mitad. La cosa es que nos pasamos todo el trayecto hablando sobre cosas nuestras, sobre cómo nos había ido el día y esas cosas. Bajando por una luminosa calle, fuimos a parar a la calle más conocida de nuestro barrio, allí vivía él. Empezamos a andar por la céntrica calle, hasta que llegamos a su portal. Era de cristal, con madera intercalada, haciendo pequeños cuadrados de cristal rodeados por una madera de un color marrón intenso, un marrón antiguo. Abrió la gran puerta, y nos adentramos dentro del largo y estrecho portal. Allí él depositó su pesada mochila en el suelo, para encararme. Me dio un papelito a cambio de un beso. La verdad es que no decaí fácilmente, soy lo bastante cabezota, dura y orgullosa como para no decaer a su primer intento (fallido) de besarme. Más tarde, me di por rendida y le di lo que quería a cambio de ese papelito, que para ser sincera me moría de ganas de saber, cuál era su contenido. Estuvimos tonteando como un cuarto de hora más, y después de mis súplicas para que no se muriera, para que no hiciera el idiota, se marchó. Subió lentamente las escaleras que conducían a su piso, y desapareció detrás de éstas. Yo, salí del portal vacilante, vigilando dónde colocaba mis pies al pisar la fría calle. Pensando.


...





dijous, de desembre 03, 2009


No, no estoy bien, estoy loca de remate, sólo hace falta verme la cara. Me miro al espejo y me veo, me veo que no estoy sana, me veo incluso fea. Desgraciadamente para mí, nadie me da nunca la razón por lo que mi locura aumenta sin frenos, hasta que se estampe a saber con qué o cómo. La verdad es que no me gusta como estoy. Muchísima gente opina que mi físico es perfecto, incluso hay quién dice que soy la perfección en persona. Yo no me creo nada de eso, porque no me veo sana, porque no creo que estar tan terriblemente delgada sea normal. No. Mi mente muchas veces me dice que no, que no estoy bien, que no soy normal, que estoy loca, terriblemente loca, obsesionada por esto de la figura perfecta. Muchas chicas lloran por estar con un peso no deseado, muchas de ellas lloran porque pesan 50 kg, o más, yo lloro porque no paso de los 46 kg. Seguramente muchas penséis que no tengo ningún problema, incluso podéis pensar que escribo esto para dar envidia o para hacerme la víctima. No me interesa. No quiero hacerme la víctima ni quiero dar envidia, ni mucho menos, únicamente quiero decir, que muchas de esas chicas me dan envidia por su peso. Doy verdadero asco, estando como estoy, no me gusto se me marcan las costillas cuando levanto los brazos, obviamente quién desee eso no lo verá como mal, sino como bien. Para las personas que quieran que sus costillas sean visibles, que sean expuestas al resto del público... no lo queráis. Creerme. La gente me mira como si estuviera enferma, como si estuviera mal... No lo estoy, sólo estoy un pelin acomplejada, sólo estoy en la maldita edad del pavo. Chicas, en serio no queráis dejar visibles vuestras costillas o huesos, es la cosa más asquerosa e insana que e visto en mi vida. No lo queráis... No es agradable... Yo siempre e sido de las que a pensado : ''Mejor que sobre, que falte''. Por lo que yo misma me contradigo con mi frágil y delicado cuerpo. Parece que me vaya a romper de un momento a otro. Hay veces que siquiera tengo fuerzas para coger mi mochila, o para levantarme del suelo. No es agradable sentirte tan frágil y delicada, tengo amigas que no me abrazan por que dicen que me podría romper. No es agradable, chicas en serio, estar esquelética es una mierda.

Lyrics