Decidí dejarlo cuando el bolígrafo que sostenía con la mano derecha, resbaló y cayó al suelo. Me dí cuenta de que por mucho que me esforzara y que por mucho que lo intentara, siempre acabaría fracasando tirada en el suelo, llorando y gritando. Más o menos como el bolígrafo me dejé caer en el suelo, y asombrosamente dormí plácidamente. Me desperté cuando el sol se había puesto ya, por lo que sabía que seguía sola en la casa. Intenté continuar de nuevo mis tareas, pero el esfuerzo fue en vano, ya que recordé a la feliz pareja. Me invadió la ira y en un ataque de ésta fui a la cocina. Mil lágrimas resbalaron por mis mejillas, al pensar lo que quería hacer, pero seguí adelante. Sabía exactamente el punto en el que me haría más daño, el que me libraría de todo aquello. Así que me armé de valor y con decisión cogí el arma y me lo planté en la muñeca, haciendo así un pequeño corte. Mis lágrimas aumentaron en tamaño y número, pero estaba ya tan presa de la locura y de la desesperación que ningún caso les hice, y continué clavando la filada cuchilla.
Empecé a sollozar ruidosamente, por lo que decidí que lo mejor era acabar con aquello de una vez y dejarme de tonterías y de sufrimiento inútil. Él no volvería y yo no lloraría más. Todos acabaríamos bien, el mundo se libraba de mí y yo me libraba de mí misma. Por lo que con el último aliento hinqué el cuchillo pasándolo fríamente por toda la muñeca. La brillante sangre brotó como si de una cascada de tratase, y mi cuerpo medio inconsciente cayó al suelo. Aún podía oír y ver. Podía escuchar como la muerte me soplaba en la nuca y como se acercaba cada vez más y más mi hora, hasta que un grito escuché.
- ¡No! - gritó desesperadamente una voz cercana a mí.
Puesto que ya estaba perdiendo la cabeza, creí que lo más lógico sería ver quién me había encontrado y quién lloraba ahora por mí.
Era él.
- ¡No! ¡Por favor, no!
En un acto desesperado cargó con mi cuerpo, y yo pude verle. Pude ver como miles de lágrimas caían desde sus preciosos ojos. Aquellos que me hipnotizaron un día, por aquellos que lloré. Ahora, los veía llorar a ellos y aunque lo deseé durante muchas noches, en ese momento me dolió verlos llorar. No quería verle sufrir. Todo y eso lo hice. Y allí quedaría para siempre.
- ¡Siempre te quise! ¡Nunca te dejé! - gritó, abrazándome la cabeza, colocándome en el suelo y en paralelo a su cuerpo.
Ahora nos veíamos las caras, los dos llorábamos. De mi brazo seguía saliendo sangre, pero ya no me importaba, era el fin, y no quería acabar llorando, así que en mi último aliento dije:
- Te quiero.
Y lo último que escuché, fue ''Yo también, pero no ha sido suficiente''. Y caí muerta en el frío suelo de la cocina.