dimecres, d’octubre 06, 2010

La Dama

Ya estaba de nuevo en ello. Sin ser consciente de que lo hacía, había vuelto a pensar en ella. En cómo se movía su ligero y esbelto cuerpo, acariciado por la suave brisa del atardecer. Recordó como sus cabellos habían acariciado su rostro como pétalos de rosa. Volvió a vivir el momento en el que ella levantó la mano para apartarse elegantemente un mechón de pelo que tenía delante de sus ojos. Sus ojos… Sus ojos, como pantallas habían reflejado el valor y la honra de una mujer valiente y muy segura de sí misma. Habían reflejado la seguridad que sentía y habían significado la libertad para él. Sin quererlo le miró los labios, que tímidamente se doblegaban en una bonita sonrisa. La mujer empezó a avanzar como si de una danza se tratase hacia él con una seguridad infinita y una tranquilidad que se agradecía. El mar rugía a sus espaldas y él temía lo que estaba por venir. Una horrorosa tormenta estaba estallando en la villa, y él solo podía pensar en aquella mujer que había raptado su razón y encarcelado su corazón. Siguió avanzando pese a que hacía un viento infernal. Él siguió sentado a la espera de la mujer que se asemejaba a una diosa terriblemente humana. Cuando la mujer estuvo más cerca, el hombre pudo sentir una energía que sobrevolaba las cabezas de ambos. Algo los estaba rodeando, pero incluso mirando por todos lados, no logró ver nada. La mujer, que sonriente se acercaba cada vez más y más, había clavado su mirada en los ojos del hombre, que ahora se encendía. Había provocado una reacción tan violenta en él, que llegó a pensar que se trataba de brujería. La mujer, levantó los brazos y acunó en las palmas de su mano el rostro del hombre. Él contuvo el aliento, pues deseaba que nada se interpusiera entre los labios de la dama y los suyos. Muy suavemente la mujer empezó a acortar las distancias entre ellos, hasta que se unieron sus labios en un suave beso. El hombre, tan encantado como estaba no quiso cerrar los ojos. La mujer, que cada vez le pedía más a sus labios, empezó a pedir camino a través de sus dientes, quería invadir su boca. Él en cuanto se dio cuenta de lo que quería le dejó la entrada de su boca libre, poniendo a la vez un brazo en la cintura. La mujer, descendió las manos por el cuello hasta el pecho, donde se colocaron paralelamente una a la otra. Empezaron a mover las cabezas al unísono, fusionándose en uno. Mientras, la mujer empezó a mover la mano derecha por todo su cuerpo, buscando algo. El hombre estaba tan atareado atacando su boca que ni se enteró de lo que hacía. Con un movimiento rápido, ella se separó de él y le clavó un puñal en el corazón. Sonriente contempló como el hombre quedaba pasmado y como caía poco a poco el cuerpo sin vida en el suelo. Se restregó los labios limpiándose los restos de saliva del hombre, se colocó bien la capa negra y con elegantes zancadas abandonó el paseo del rompe-olas para adentrarse en una neblina densa y terriblemente extendida. El tormento del recuero lo torturaba más allá de la muerte. No lograría nunca olvidar a la última dama que lo había besado y matado.

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