
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Como si lo estuviera viviendo día a día. Aquella tarde, estaba más desesperada que nunca en verle. Me arrastraba por toda mi casa, maldiciendo todas las tonterías que dije en varias ocasiones. Maldiciendo mi cabeza y mi boca. En un acto de desesperación por volver a oír su voz, me quité toda la ropa, y me fui al balcón. Allí la temperatura era bien baja. Estábamos en noviembre, y el invierno había más que entrado en nuestra querida ciudad. Me senté en el bordillo de mi pequeño balcón, y me convertí en una bola. Me acurruqué en mis piernas, y me dispuse a esperar. Un cuarto de hora después, no podía aguantar más. No es que tuviera frío, o que me hubiera cansado, me había hartado de esperar a oír su voz. Esperé media hora más, y sin resultado alguno volví a meterme dentro de la casa. Allí no me tapé ni nada, seguía en ropa interior. Me fui al cuarto de baño y abrí el grifo de la bañera. Lo puse a toda pastilla, para que saliera una gran cantidad de agua y así llenarla más rápidamente. Cuando el agua había cubierto casi toda la superficie de la bañera me metí en ella, me senté y aguardé que el agua me llegara hasta el pecho. Mientras esperaba a que el agua me cubriera a mí y a toda mi vergüenza estuve pensando, en lo contenta que iba a estar después de haberme bañado. Le abría visto, seguramente de muy cerca, y eso… aunque fuese el último recuerdo que tuviese, me valía. El agua llegó al nivel esperado, y metí la cabeza hasta quedar completamente cubierta por el agua. No puedo negar que hacía un frío que helaba los huesos, pero, era tanta la desesperación, era tanta la locura que me embargaba que poco me preocupaba por ello. Estaba tiritando, tenía frío, y me podía apostar mi mano (si es que aún la tenía pegada al cuerpo), que mi cuerpo había bajado más de cinco grados esa misma tarde. Cerré los ojos, porque lo único que veía era el blanco techo del cual estaba hecho mi baño. Además, las pequeñas luces cuidadosamente instaladas, me molestaban. Es muy difícil mirar desde debajo del agua, sí te están iluminando lucecillas desde fuera de esta. Al cerrar los ojos me sentí increíblemente mejor. Estaba en un mundo paralelo al de la bañera y al del agua congelada. Estaba la mar de calentita. Estaba en un salón. El salón estaba pintado con un color crema. Era un color muy bonito. En la izquierda de la habitación, justo delante de la puerta, había una ventana. Debajo de la ventana había un escritorio con un ordenador instalado. A la siguiente pared de la de la ventana, es decir, mirando hacia la izquierda, había una televisión. Estaba rodeada de libros, y éstos estaban cuidadosamente ordenados en una simple estantería de madera clara. Después de aquella pared cubierta de libros, se hallaba la puerta junto con un armario corredero. Tenías que correr la puerta para ver el interior. Y por último. A la izquierda del armario, había un pequeño sofá. Estaba protegido por una tela de color amarilla, que pegaba perfectamente con el color de las paredes. Con dos cojines a cada lado de éste. Cuando me di cuenta de dónde estaba me sobresalté. Era su salón. Me hallaba en su salón. Estábamos sentados en el sofá amarillo. Y… me encontraba tan calentita, porque estaba rodeada de sus brazos. Me había acunado a la perfección en su pecho, y había apoyado su mentón en mi cabeza, por lo que notaba cada vez que cogía aire y lo soltaba. Entonces, cuando estaba la mar de cómoda ante ese precioso recuerdo, algo me sacó bruscamente del agua. Me di cuenta de que estaba fuera del agua porque sentí que el aire frío golpeaba mi helada piel. Entonces, me percaté de quién había sido el que me había sacado del agua. Parecía casi un ángel, son esos ojos azul mar, con ese pelo rubio alborotado por el viento. Parecía un angelito sacándome del agua. Me enrolló con una toalla, se sentó en el váter, y me colocó justo encima de él. Antes de eso, encendió una pequeña estufa que había instalada encima de la puerta. No sé qué se suponía que pintaba él en mi casa, pero tampoco estaba como para preguntármelo, por lo que lo pasé por alto, y me acurruqué en su pecho. Estaba helada. Tiritaba de puro frío, pero a la vez me sentía cómoda y calentita. Él, me abrazaba con fuerza, casi parecía que le dase igual que estuviese mojada, y muy fría. Esta vez no cerré los ojos, puesto que tenía miedo que desapareciera, que volviera a irse como lo hizo la última vez. Cuando empecé a recobrar mis sentidos, me percaté de que él estaba cantando y llorando a la vez. No era feliz. No estaba feliz. Entonces, de repente, como si me hubiese oído los pensamientos dijo: ‘sí, soy más feliz que nunca, estás bien’. Y como si estuviese escrito, me abrazó todavía con más fuerza. Por lo menos ahora sabía que no estaba triste, ahora según él era feliz. Y yo también. Y allí nos quedamos, llorando, por fortuna esta vez no lloraba su ausencia, o por desesperación, esta vez lloraba porque era asquerosamente feliz de estar allí, mojada, sentada en un váter, abrazada por la persona a la que más he amado, y que más amaré en mi vida.
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