Le gustaba dar paseos nocturnos. Le gustaba salir a pasear a su perro pasadas las dos de la mañana. Le gustaba simplemente por la paz que encontraba en las heladas calles de su pequeña ciudad. Ni por asomo había llegado a imaginarse que esa noche acabaría como acabó, ya que para ella, había sido el mejor día de su vida…
Llegó a casa a eso de las siete de la tarde, y automáticamente se sentó en su escritorio a acabar todos los deberes que tenía que entregar al día siguiente. Le dedicó a eso más o menos dos horas enteras. A las nueve se preparó su típico plato de espaguetis de mamá recalentados en el micro, se los comió sin pensar que llevaban en la nevera más de una semana. La comida le sentó bien, todo y que se notaba que estaba un poco pasada, sin embargo se la comió sin poner caras raras, ni teniendo arcadas o algo por el estilo. Entre que recogía la mesa y le ponía la comida en el bol a su perra Rlene, la aguja grande del reloj llegó a las diez. Esa hora era su preferida para ponerse a leer o a escribir, en resumen, ha hacer alguna actividad que le despejara la mente, que la alejara un poco de su aburrida vida y de este mundo tan cruel. Cuando acabó de leerse dos capítulos enteros de “El secreto”, se puso su típico chándal para salir a caminar. Rlene tenía tantas ganas como ella de dar su típico paseo de madrugada. Lo llevaban haciendo tantos años, que ya se había habituado a la perfección a sus horarios nocturnos. Se puso tantas capas de ropa como la sudadera le permitía, cogió las llaves, y con cinco capas entre sudaderas y camisetas, salió a la calle.
Vivía en un piso, bastante céntrico, con su querida perra Rlene. Llevaban viviendo juntas desde hacía poco más de tres años. Se fue de casa de sus padres cuando tenía apenas veintiún años, porque quería estudiar en una facultad lejos de su pueblo. Se mudó a la ciudad hace ya tres años, y los añoraba muchísimo. Los ve todas las navidades, todo y eso… los hecha mucho en falta.
Traspasó la gran puerta que daba acceso a la fría calle, y se estremeció cuando el helado viento le golpeó violentamente la cara, le pareció ver como Rlene, retrocedía un poco, pero poco después se volvió hacia delante, guiando sus pasos. Como le tenía mucha confianza la llevaba sin correa, puesto que ella sabía cómo volver a casa, era una perra muy lista. Puso su pie tímidamente fuera de la puerta, y salieron. Rlene, como siempre, se puso delante de suya, y empezó a caminar alegremente por las heladas calles. Aquí, si nevaba, nunca cuajaba la nieve, puesto que estábamos casi a la altura del mar.
Siguieron paseando durante unas dos horas, por lo que ahora ya eran más de las doce pasadas. No le incomodaba no ver a nadie por la calle, es más, le gustaba mucho más así. Cuando había mucha gente en la calle, se sentía tan pequeña y tan miserable… Por eso paseaba de madrugada cuando no había nadie. Bueno, casi…
Llegaron a la calle del parque. Éste daba miedo de verdad, puesto que los árboles estaban demasiado juntos como para que se colara algún rayo de luz de farolas cercanas que tenía. Rlene, intentó guiarla hacia el oscuro parque, pero al ver que se resistía dejó de intentarlo y continuó caminando por la calle cercana al terrorífico parque. Seguía absorta en sus pensamientos. Estaba pensando en los deberes que había hecho, en los trabajos que todavía le faltaban por entregar y por hacer. Pero poco se preocupaba por ello, puesto que disponía de todo el tiempo del mundo, ya que no hacía otra actividad física que no fueran esos paseos matutinos.