
Estaba despeinada. Estaba que daba pena. El maquillaje hacía ya tiempo que se había desplazado de dónde se suponía que debía estar, pero no me importaba lo más mínimo. No estaba peinada de la forma en que había deseado estarlo para aquella ocasión, todo y eso, pasé de mi pelo y me encaminé allí dónde tenía que estar. Me había picado minutos atrás y estaría nervioso por mi largo retraso, injustificado, porqué tendría que haber bajado hacía ya más de cinco minutos. No tenía los ánimos suficientes para decirle que no podía, que estaba temblando y que deseaba que se marchara, que me dejara con mis penas y con mis estúpidas mariposas paseándose a su antojo por mi pequeño estómago. Por lo que bajé. No me lo pensé mucho y actué sin la cabeza. Movida por el impulso de verle, me embutí en mi sudadera negra, cogí el móvil, las llaves y me encaminé rápidamente hacia la puerta del ascensor. La abrí lentamente, puesto que tenía sólo una mano para hacerlo, porque tenía la otra rota, abierta. Entré en el pequeño ascensor, y piqué al piso de abajo. Allí me estaría esperando sentado dónde se suponía que tenía que estar. Cuando llegué me temblaban tanto las piernas, que apenas podía moverme, apenas podía caminar. Conseguí dar un paso, al tiempo que abría la pesada puerta del ascensor, y salí de allí. Al salir, giré poco a poco la cara y le vi. Su rubio pelo despeinado era inconfundible a lo alto de esa enorme chaqueta negra. La llevaba desabrochada, como siempre, y estaba en pie, como si estuviese demasiado nervioso como para sentarse. Me vio, sonrió y salimos, después de que mis patéticas indicaciones le dieran a entender que salgamos fuera. Una vez estuvimos en la calle, casi parecía que huía de alguna cosa, me puse casi a correr, estaba ansiosa por girar a la izquierda en cualquier calle que viésemos y perder de vista mi portal. Una vez perdido de vista, nos dimos de la mano, y empezamos a caminar sin rumbo fijo. La verdad es que ni yo misma sabía dónde quería ir, sólo sabía que quería alejarme de mi casa, quería quedarme aislada de ella, por poco tiempo que fuese, necesitaba de una forma desesperada salir de esas cuatro paredes, en las cuales me encerraba todas las tardes, por culpa de mi desafortunada lesión. Estábamos caminando tranquilamente, parloteando sobre temas de los cuales no recuerdo ni la mitad. La cosa es que nos pasamos todo el trayecto hablando sobre cosas nuestras, sobre cómo nos había ido el día y esas cosas. Bajando por una luminosa calle, fuimos a parar a la calle más conocida de nuestro barrio, allí vivía él. Empezamos a andar por la céntrica calle, hasta que llegamos a su portal. Era de cristal, con madera intercalada, haciendo pequeños cuadrados de cristal rodeados por una madera de un color marrón intenso, un marrón antiguo. Abrió la gran puerta, y nos adentramos dentro del largo y estrecho portal. Allí él depositó su pesada mochila en el suelo, para encararme. Me dio un papelito a cambio de un beso. La verdad es que no decaí fácilmente, soy lo bastante cabezota, dura y orgullosa como para no decaer a su primer intento (fallido) de besarme. Más tarde, me di por rendida y le di lo que quería a cambio de ese papelito, que para ser sincera me moría de ganas de saber, cuál era su contenido. Estuvimos tonteando como un cuarto de hora más, y después de mis súplicas para que no se muriera, para que no hiciera el idiota, se marchó. Subió lentamente las escaleras que conducían a su piso, y desapareció detrás de éstas. Yo, salí del portal vacilante, vigilando dónde colocaba mis pies al pisar la fría calle. Pensando.
...